1.
Entre los novelistas norteamericanos de la segunda mitad del siglo
XX, Saul Bellow sobresale como uno de los gigantes, quizás
el gigante. Su mediodía se extiende de principios de los
cincuenta (Las aventuras de Augie March) a mediados de los setenta
(El legado de Humboldt), aunque a finales del 2000 seguía
publicando notables obras de ficción (Ravelstein). Library
of America ha editado ahora tres obras tempranas de Bellow en un
solo volumen de mil páginas: Dangling Man (1944), La víctima
(1947) y Las aventuras de Augie March (1953). Con esto Bellow se
convierte en el primer escritor de ficción que recibe, en
vida, esta distinción.
Dangling Man es una novela corta escrita en forma de diario personal.
El dueño del diario es un joven de Chicago, Joseph, historiador
graduado, sin empleo, al que mantiene su esposa. El año es
1942, Estados Unidos está en guerra y Joseph está
en suspenso mientras espera una respuesta de su junta de reclutamiento.
Usa su diario para explorar la manera en que se convirtió
en lo que ahora es y, en especial, para entender por qué,
hace aproximadamente un año, abandonó los ensayos
filosóficos que estaba escribiendo y comenzó a estar
en suspenso en otro sentido también.
Tan grande parece ser el abismo entre el que es ahora y ese sujeto
impetuoso e inocente que era en el pasado, que piensa que él
es el doble del Joseph de antes, vistiendo sus harapos. A pesar
de que el Joseph de antes estaba habilitado para funcionar en sociedad,
para lograr un equilibrio razonable entre su trabajo en una agencia
de viajes y sus obligaciones académicas, lo inquietaba un
sentimiento de alienación con el mundo. Desde su ventana
podía ver el panorama urbano —chimeneas, bodegas, anuncios
espectaculares, autos estacionados. ¿Esta clase de ambiente
no deforma el alma? “¿Dónde encontrar una partícula
de lo que, en otra parte, o en el pasado, habló en favor
del hombre? [...] ¿Qué habría dicho Goethe
de lo que se ve a través de esta ventana?”.
Parece cómico que en el Chicago de los cuarenta alguien se
ocupe en esas grandiosas disertaciones, dice Joseph, el dueño
del diario, pero en cada uno de nosotros existe un elemento de lo
cómico o lo fantástico. Sin embargo, reconoce que
burlándose de los racionamientos filosóficos del Joseph
de antes está negando lo mejor de sí mismo.
Aunque en abstracto el Joseph de antes está dispuesto a aceptar
que el hombre es agresivo por naturaleza, no puede detectar en su
propio corazón nada que no sea docilidad. Una de sus remotas
ambiciones es fundar una colonia utópica donde el rencor
y la crueldad sean abolidos. Por lo tanto le consterna encontrarse
sobrecogido por un arranque de imprevisible violencia. Pierde la
paciencia con su sobrina adolescente y le da una tunda, escandalizando
a los padres de la chica. Maltrata a su casero. Le grita a un empleado
de banco. Parece que fuera “una especie de granada humana
a la que le hubieran extraído el pasador”. ¿Qué
le está pasando?
Un amigo artista le dice que la monstruosa ciudad que hay a su alrededor
no es el mundo real. El mundo real es el mundo del arte y la reflexión.
Joseph respeta este punto de vista: tras compartir con otros los
productos de su imaginación, el artista permite que un conjunto
de individuos solitarios se convierta en una especie de comunidad.
Desgraciadamente él, Joseph, no es un artista. Su único
talento es el de ser un hombre bueno. Pero ¿para qué
ser un hombre bueno para uno mismo? “La bondad se lleva a
cabo no en el vacío, sino en compañía de otros
hombres, de la mano del amor”. Mientras que “yo, en
este cuarto, aislado, alienado, desconfiado, encuentro en mi propósito
no un mundo abierto, sino uno cerrado, una jaula sin esperanza”.
En un pasaje notable, Joseph, el dueño del diario, asocia
su acceso de violencia con la intolerable contradicción de
la vida moderna. Lavándonos el cerebro con la creencia de
que cada uno de nosotros es individual y de valor inestimable, con
un destino particular, de que no hay límite para lo que podemos
alcanzar, emprendemos en busca de nuestra propia grandeza individual.
Y al no poder encontrarla, comenzamos a:
odiar inmoderadamente
y a culparnos a nosotros mismos y a otros inmoderadamente. El miedo
de rezagarnos nos persigue y nos enfurece... Se forma un clima interior
de oscuridad. Y de vez en cuando hay una tormenta de odio que nos
anula.
En otras palabras,
al poner un trono al Hombre en el centro del universo, la Ilustración,
particularmente en su fase romántica, impuso demandas psíquicas
imposibles sobre nosotros, demandas que se manifiestan no sólo
en forma de insignificantes arranques de violencia como el suyo,
o como aberraciones morales como la búsqueda de la grandeza
a través del crimen (véase el Raskolnikof de Dostoievski),
sino incluso quizá en la guerra que consume al mundo. Es
por eso que, en un movimiento paradójico, Joseph, quien escribe
el diario, finalmente tira la pluma y se enlista en el ejército.
El aislamiento impuesto por la ideología del individualismo,
concluye, intensificado por el aislamiento de la introspección,
lo ha puesto al borde de la locura. Quizá la guerra podrá
enseñarle lo que la filosofía no ha podido. Así
que termina su diario al grito de:
¡Hurra
por las horas establecidas!
¡Y por la supervisión del espíritu!
¡Larga vida a la reglamentación!
*
Joseph traza
una línea entre la mera obsesión en sí mismo,
la lucha individual con los propios pensamientos, y el artista,
quien a través de una facultad demiúrgica de la imaginación
convierte sus pequeños problemas personales en preocupaciones
universales. Pero la pretensión de que las luchas privadas
de Joseph se reduzcan a meras entradas de un diario que es sólo
para sus ojos apenas se sostiene. Entre las entradas del diario
hay páginas —interpretaciones de escenas de la ciudad
la mayoría, o bocetos de gente que Joseph conoce— cuya
elevada dicción e inventiva metafórica las revela
como productos de una imaginación poética que no sólo
clama por un lector sino que da con él y lo crea. Joseph
pretende que pensemos en él como un académico fracasado,
pero nosotros sabemos, tal como él mismo sospecha, que es
un escritor en ciernes.
Dangling Man es larga en reflexión, corta en acción.
Ocupa el incómodo territorio entre la novela corta propiamente
dicha y el ensayo personal o confesional. Varios de los personajes
suben al escenario e intercambian palabras con el protagonista,
pero más allá de Joseph en sus dos manifestaciones
incompletas no hay personajes, como tales. Detrás de la figura
de Joseph se puede percibir a los solitarios, humillados escribanos
de Gogol y Dostoievski rumiando la revancha; al Roquentin de La
náusea de Sartre, el académico que tras haberse sometido
a una extraña experiencia metafísica se aparta del
mundo, y al solitario joven poeta de Los cuadernos de Malta Laurids
Brigge de Rilke. En este pequeño primer libro, Bellow no
ha desarrollado todavía el vehículo adecuado para
la clase de novela que siente venir, una que le ofrezca las satisfacciones
novelísticas habituales, incluyendo lo intrincado de lo que
se percibe como vida real en un mundo real, para así liberar
al autor de desplegar sus lecturas de la literatura y el pensamiento
europeos y dejarlo que se dedique a explorar los problemas de la
vida contemporánea. Pero para ese peldaño en la evolución
de Bellow habrá que esperar a Herzog (1964).
2.
Asa Leventhal, quien puede o no ser La víctima en la novela
corta La víctima, es editor de una pequeña revista
comercial en Manhattan. En el trabajo tiene que soportar las pullas
de un antisemitismo ocasional. Su esposa, a quien ama profundamente,
está fuera de la ciudad. Un día, en la calle, Leventhal
siente que está siendo observado. Un hombre se le acerca,
lo saluda afectuosamente. Con dificultad recuerda su nombre: Allbee.
¿Por qué se le ha hecho tarde?, pregunta Allbee. ¿Acaso
no recuerda que tenían que llegar a una reunión? Leventhal
no puede recordarlo. ¿Entonces por qué está
aquí?, pregunta Allbee. (Una y otra vez Allbee atrapará
a Leventhal con esta clase de jiu-jitsu lógico.)
Allbee ahora se embarca en una historia tediosa del pasado en la
que él mismo había arreglado para Leventhal una cita
con su jefe (el de Allbee), durante la cual Leventhal se había
(Allbee dice que a propósito) comportado de modo insultante,
como consecuencia de lo cual Allbee había perdido su trabajo.
Leventhal recuerda vagamente lo sucedido pero rechaza la insinuación
de que esa entrevista fuera parte de un complot contra Allbee. Si
él se había puesto furioso en la entrevista, dice,
fue porque el jefe de Allbee no tenía ningún interés
en él. Sin embargo, indica Allbee, ahora él está
sin trabajo y sin casa. Tiene que dormir en posadas de mala muerte.
¿Qué es lo que Leventhal piensa hacer al respecto?
De este modo comienza la persecución de Allbee sobre Leventhal
—o al menos eso es lo que siente Leventhal. Leventhal resiste
con firmeza el reclamo de Allbee de que como le ha causado un perjuicio
ahora está en deuda con él. Esta resistencia es planteada
por completo desde dentro: ninguna palabra del autor nos indica
qué partido tomar, cuál de los dos es La víctima,
cuál el perseguidor. Tampoco recibimos ninguna guía
con respecto a la responsabilidad moral. ¿Leventhal resiste
prudentemente haber sido embaucado, o se rehúsa a aceptar
que cada quien es guardián de su prójimo? ¿Por
qué yo?, es su único lamento. ¿Por qué
este extraño me reprocha, me odia, busca que yo lo compense?
Leventhal afirma que sus manos están limpias, pero sus amigos
no están tan seguros. ¿Por qué se involucró
con un personaje tan desagradable como Allbee?, se preguntan. ¿Está
seguro de sus motivos? Leventhal evoca su primer encuentro con Allbee,
en una fiesta. Una niña judía cantaba una balada,
y Allbee le había dicho que en vez de eso cantara un salmo.
“Si no naciste con ellas [las baladas norteamericanas] no
tiene caso que lo intentes”. ¿Acaso él, inconscientemente,
decidió hacer pagar a Allbee por su antisemitismo?
Con el corazón oprimido, Leventhal le ofrece albergue a Allbee.
Los hábitos personales de Allbee resultan ser sucios. Además
fisgonea entre los papeles privados de Leventhal. (Allbee: ¿Si
no confías en mí, por qué dejas tu escritorio
sin llave?) Leventhal pierde la paciencia y ataca a Allbee, pero
él recupera la fuerza y responde.
Allbee da un sermón que (según él) Levental,
a pesar de ser judío, debería estar dispuesto a comprender.
Dice que deberíamos arrepentirnos y convertirnos en hombres
nuevos. Leventhal duda de la sinceridad de Allbee y lo dice. Dudas
de mí porque eres judío, replica Allbee. Pero ¿por
qué yo? reclama Leventhal de nuevo. “¿Por qué?
—responde Allbee—. Por buenas razones; ¡la mejor
del mundo! ... Te estoy dando la oportunidad de ser justo, Leventhal,
y de hacer lo correcto”.
Una tarde al llegar a su casa, Leventhal se topa con la puerta cerrada
con llave y a Allbee en su cama (la de Leventhal) con una prostituta.
La indignación de Leventhal divierte a Allbee. “¿Dónde
más si no en la cama? ... Quizá tú tienes otra
manera, más refinada, diferente. ¿No decía
tu gente que era tal y como cualquier otra persona?”.
*
¿Quién
es Allbee? ¿Un loco? ¿Un profeta encubierto? ¿Un
sádico que elige sus víctimas al azar? Allbee tiene
su propia historia. Es como un indio de las praderas, dice, que
con la llegada del tren ve el fin de su antiguo modo de vida. Ha
decidido unirse al nuevo modelo de distribución. Leventhal,
el judío, miembro de la nueva raza de amos, debe encontrarle
trabajo en el ferrocarril del futuro. “Quiero dejar a un lado
[mi] pony para ser conductor de ese tren”.
Como su esposa está a punto de regresar, Leventhal ordena
a Allbee buscar otro lugar donde vivir. En mitad de la noche despierta
para encontrar el departamento lleno de gas. Su primer pensamiento
es que Allbee intenta matarlo. Pero resulta que Allbee ha estado
tratando, sin éxito, de suicidarse en la cocina.
Allbee desaparece de la vida de Leventhal. Pasan los años.
Gradualmente Leventhal se despoja del sentimiento de culpa, del
cual “ha salido triunfante”. No hay razón, reflexiona,
de que Allbee le envidiara su buen empleo y su matrimonio feliz.
Esa clase de envidia descansa en una falsa premisa: que para cada
uno de nosotros se ha realizado una promesa. Ninguna clase de promesa
se ha realizado, ni con Dios ni con el Estado.
Entonces, una tarde se topa con Allbee en el teatro. Es el acompañante
de una actriz venida a menos; huele a alcohol. He encontrado mi
lugar en el tren, le informa, pero no como el conductor, simplemente
como un pasajero. He llegado a un acuerdo con “el que está
a cargo”. “¿Qué idea tienes acerca de
quien está a cargo?”, pregunta Leventhal. Pero Allbee
ha desaparecido entre la multitud.
El Kirby Allbee de Bellow es una creación inspirada: cómico,
patético, repulsivo y amenazador. A veces su antisemitismo
parece afable, como una especie de fanfarronería; en ocasiones
habla como si hubiera sido poseído por su propia caricatura
de lo judío, y fuera ella quien viviera dentro de él
y hablara a través de sus labios. Ustedes, los judíos,
se han apoderado del mundo, gimotea. No hay nada que nosotros, pobres
norteamericanos, podamos hacer sino buscar una humilde esquina por
nuestra cuenta. ¿Por qué nos victimizan de esa manera?
¿Qué daño les hemos hecho?
Hay incluso un doblez de la dignidad norteamericana en el antisemitismo
de Allbee. “Sabes, uno de mis antepasados era el gobernador
Winthrop —dice—. ¿No es absurdo? Es tal como
si los hijos de Calibán [ese personaje grotesco de La Tempestad]
manejaran las cosas”. Ante todo Allbee es un sinvergüenza,
haragán, inmundo. Incluso cuando quiere congraciarse es ofensivo.
Déjame tocar tu cabello, le suplica a Leventhal: “Es
como el pelo de un animal”.
Leventhal es un buen esposo, un buen tío, un buen hermano,
un buen empleado en circunstancias extremas. Es instruido, no causa
problemas. Quiere ser parte del mainstream de la sociedad norteamericana.
A su padre no le importó lo que los no judíos pensaran
de él mientras pagaran lo que le debían. “Esa
era la opinión de su padre. Pero no la suya. Él la
rechazó y la apartó”. Tiene conciencia social.
Está enterado de lo fácil que uno, en Estados Unidos
en particular, puede caer entre “lo perdido, el desperdicio,
lo derrotado, lo destruido, lo arruinado”. Es incluso un buen
vecino —después de todo, ninguno de los amigos no judíos
de Allbee se aprestó a darle asilo. Así que, ¿qué
más se le puede pedir?
La respuesta es: todo. La víctima es el libro más
dostoievskiano de Bellow. El argumento es una adaptación
de El eterno marido de Dostoievski, la historia de un hombre acosado
inesperadamente por el esposo de una mujer con la que él
tuvo un romance años atrás, alguien cuyas insinuaciones
y demandas se vuelven cada vez más insufriblemente íntimas.
Pero no sólo es la anécdota lo que Bellow debe a Dostoievski,
ni el motivo de este doble detestable. El verdadero espíritu
de La víctima es dostoievskiano. Los cimientos de nuestra
vida pulcra y ordenada pueden derrumbarse en cualquier momento;
exigencias inhumanas pueden llegar de improviso y desde los rincones
más extraños; sería completamente natural resistirse
(¿Por qué yo?); pero si queremos salvarnos no tenemos
opción. Aunque este mensaje, esencialmente religioso, sea
puesto en boca de un repulsivo antisemita. ¿Es raro que Leventhal
sea reticente?
El corazón de Leventhal no está cerrado; su resistencia
no es total. Hay algo en cada uno de nosotros, reconoce, que lucha
contra el sueño de lo cotidiano. Al lado de Albee, en ciertos
momentos raros, se siente a sí mismo fuera de los confines
de su vieja identidad y miraba el mundo a través de ojos
nuevos. Algo parece estar sucediendo en la zona de su corazón,
una especie de premonición —imposible saber si se trata
de un infarto o de exaltación. En un instante ve a Allbee
mirarlo y ambos podrían ser la misma persona. En otro —en
una prosa magistralmente sobria— nos hallamos de alguna manera
convencidos de que Leventhal está a punto de la revelación.
Pero entonces una gran fatiga lo asalta. Todo esto resulta excesivo.
Si echamos un vistazo a su trayectoria, notaremos que Bellow ha
tendido a menospreciar La víctima. Si con Dangling Man se
graduó como escritor, como él dice, La víctima
fue su posgrado. “Seguía aprendiendo, estableciendo
mis cartas credenciales, probando que un joven de Chicago tenía
del derecho de pedir la atención del mundo”. Es muy
modesto. La víctima está a centímetros de reunirse
con Billy Budd en la primera fila de las novelas cortas norteamericanas.
Si es que tiene algún punto débil, no está
en la ejecución, sino en la ambición. No ha hecho
a Leventhal lo suficientemente profundo para discutir adecuadamente
con Albee (y con Dostoievski detrás) acerca de la universalidad
del modelo cristiano del llamado al arrepentimiento.
3.
Augie March, héroe de la tercera novela de este volumen,
nació alrededor de 1915, un año antes que el propio
Bellow, en una familia judía de un barrio polaco de Chicago.
El padre de Augie casi no hace acto de presencia, y su ausencia
apenas se comenta. Su madre, una figura triste y sombría,
está casi ciega. Tiene dos hermanos, uno de ellos con discapacidad
mental. La familia subsiste, de alguna manera fraudulentamente,
del seguro de desempleo y de las contribuciones de una vecina: la
abuela Laush (que no es de la familia), nacida en Rusia, una mujer
con pretensiones cultas. El joven Augie pide prestados libros de
la biblioteca para ella. “¿Cuántas veces tengo
que decirte que si no dice novela no lo quiero?... ¡Bozhe
Moy!”.
Es la abuela Lausch quien en realidad educa a los niños de
la familia March. Cuando se vienen abajo sus esperanzas —de
que uno de ellos llegue a ser un genio cuya carrera ella pueda administrar—
se aboca a convertirlos en buenos oficinistas. Se desalienta cuando
al crecer resultan ser “comunes y corrientes”.
Como la mayoría de los niños del vecindario, Augie
comete delitos menores. Pero su primer robo organizado lo hace sentir
tan miserable que abandona a su pandilla. Al recordar su infancia,
desde la perspectiva de los treinta, que es cuando vierte su historia
en el papel, Augie se pregunta el efecto que tuvo sobre él
el hecho de haber nacido, no en “los campos de pastoreo sicilianos”,
sino en la “profunda vejación citadina”. No tenía
nada de qué preocuparse. Las partes más sólidas
del libro de su vida proceden de la evocación intensa de
su infancia, una infancia rica en espectáculo y experiencia
social, del tipo que pocos niños norteamericanos disfrutan
hoy día.
Como todo joven durante los años de la Depresión,
Augie sigue coqueteando con el crimen. De un experto aprende el
arte de robar libros, los cuales después vende a los alumnos
de la Universidad de Chicago. Pero su corazón se mantiene
más o menos puro. Como muchos estudiantes, es capaz de racionalizar
el robo de libros, considerándolo una variedad benigna de
latrocinio.
Hay también buenas influencias en Augie, entre ellas la de
los Einhorn, que lo emplean para realizar “trabajos no especificados
de carácter diverso”. El paternal William Einhorn le
regala una colección ligeramente estropeada de Clásicos
de Harvard, que él mantiene en una caja de madera debajo
de la cama y que lee por encima. Posteriormente trabajará
como ayudante de investigación de un rico académico
aficionado. Con ello, aunque no asiste a la universidad, de una
u otra manera sus aventuras con la lectura continúan. Y las
lecturas que él hace son serias, incluso desde el punto de
vista de la Universidad de Chicago: Hegel, Nietzsche, Marx, Weber,
Tocqueville, Ranke, Burckhardt, por no hablar de los griegos, los
romanos y los padres de la Iglesia. Ni un solo romancier (narrador)
en la lista.
Simon, el hermano mayor de Augie, es un hombre de apetito que desborda
la realidad. Aunque no es un ignorante, considera que las lecturas
de Augie son el principal obstáculo en su plan de que se
case con una muchacha rica, vaya a la facultad de Derecho por la
noche, y se convierta en socio suyo en el negocio del carbón.
Obedeciendo a Simon, Augie lleva durante un tiempo una doble vida,
trabajando en la carbonería durante el día, y después
vistiéndose elegantemente y aventurándose a codearse
con los ricos. En el tiempo que permanece bajo la protección
de Simon, Augie tiene la oportunidad de disfrutar de la buena vida,
y en particular del calor sedoso de los hoteles caros. “No
quería que la grandeza del lugar me aplastara”, escribe.
Pero finalmente
son ellos [los accesorios del hotel] los que se vuelven grandes:
la multitud de baños con agua caliente que nunca falta, las
enormes unidades de aire acondicionado y la elaborada maquinaria.
Ninguna otra grandeza está permitida, y la persona que molesta
es la que no los sirve mediante su uso, o los niega al no desear
disfrutarlos.
“Ninguna
otra grandeza está permitida”. Augie es suficientemente
observador como para darse cuenta de que quien niega el poder del
gran hotel norteamericano simplemente se margina, sin importar la
autoridad de los Clásicos de Harvard que pueda citar en su
auxilio. Las aventuras de Augie March no es el resumen de una vida,
sino un informe intermedio. Al final del informe, Augie no está
todavía seguro de si está en favor o en contra del
hotel, en favor o en contra del sueño americano. “Pero,
entonces, ¿cómo hace uno para tomar una decisión
en contra, y seguir en contra? ¿Cuándo elige,
y cuándo es, por el contrario, elegido?”.
*
La filosofía
grandilocuente y el lenguaje vaporoso señalan la presencia
cercana a Augie de Theodore Dreiser, el gran predecesor de Bellow
como testigo de la vida de Chicago, y la mayor influencia presente
en Las aventuras de Augie March. En personajes como Carrie Meeber
(Nuestra hermana Carrie) y Clyde Griffiths (Una tragedia americana),
Dreiser nos ofreció almas sencillas y anhelantes del Oeste,
ni buenas ni malas por naturaleza, atraídas hacia la órbita
del lujo de la gran ciudad —para acceder a la cual no hacen
falta credenciales, ni sangre de abolengo, ni relaciones, ni educación,
ni contraseña; sólo dinero— y, en el caso de
Clyde, dispuestas a matar para aferrarse a ella.
Clyde es un vago al estilo dreiseriano: no escoge su destino, se
dirige sin rumbo hacia él. Augie también corre el
peligro de convertirse en un vago: un joven guapo con muchas mujeres
ricas dispuestas a mantenerlo. Si los cimientos de las novelas rusas
de la abuela Lausch y los Clásicos de Harvard de William
Einhorn no sirven de nada contra el poder del gran hotel, ¿qué
distingue a Augie de cualquier otro acomodaticio consumidor de lujo?
A esta pregunta, Las aventuras de Augie March sólo ofrece
una respuesta proustiana: el joven que empieza su relato con las
palabras “Soy norteamericano, nací en Chicago... y
hago las cosas como yo mismo he aprendido a hacerlas, al estilo
libre, y haré el relato a mi manera”, y termina recordando
cómo escribió esas palabras y comparándose
con Colón —“También Colón pensó
que era un fracasado... Lo cual no descartó el hecho de que
América no estuviera ahí”. Augie no es un fracasado,
a pesar de que no se le ocurra ninguna fuerza que contrarreste a
la del hotel. ¿Por qué? Porque la propia memoria adquirida
constituye dicha fuerza. La literatura, cree Bellow, interpreta
el caos de la vida, le da significado. En su disposición,
primero a ser barrido por las fuerzas de la vida moderna y después
a aliarse nuevamente con ellas por medio de su arte “libre”,
se nos da a entender que Augie está mejor equipado de lo
que sabe para oponerse a las seducciones del hotel, ciertamente
mejor que el pensador enclaustrado en su estudio. En este sentido,
Augie y el Joseph de Dangling Man son el mismo.
Un elemento de Dreiser que Bellow no asume es la maquinaria determinista
del destino. El destino de Clyde es sombrío, el de Augie
no. Uno o dos resbalones, y Clyde acaba en la silla eléctrica;
mientras que sean cuales sean los peligros a los que se enfrenta,
Augie sale de ellos sano y salvo.
En cuanto queda claro que su protagonista va a llevar una vida encantada,
Las aventuras de Augie March empieza a pagar su falta de estructura
dramática e incluso de organización intelectual. El
libro se hace cada vez menos interesante a medida que avanza. El
método de composición utilizado, basado en la secuencia
de escenas que comienzan con una hazaña de elocuente descripción
verbal, empieza a tornarse mecánico. Las muchas páginas
dedicadas a las aventuras de Augie en México, ocupado en
un plan absurdo de entrenar a un águila en la cacería
de iguanas, acaban convertidos en muy poco, a pesar de los recursos
de escritura que se les dedican. Y la principal escapada de Augie
en tiempos de guerra, torpedeado, atrapado con un científico
loco en un bote salvavidas frente a la costa africana, es simplemente
material propio de un libro de viñetas cómicas.
Esto no quiere decir que el propio Augie sea una nulidad intelectual.
Por convicción, es un idealista filosófico, incluso
un idealista radical, para quien el mundo constituye un complejo
de ideas entremezcladas sobre el mundo, millones de ellas, tantas
como mentes humanas hay. Intentamos presentar nuestra propia idea,
cada uno de nosotros, reclutando a otros para que interpreten un
papel en ella. La norma rectora de Augie, desarrollada en el transcurso
de media vida, es resistirse a ser reclutado por las ideas de otros.
En cuanto a su propio modelo del mundo, personifica un principio
de simplificación. El mundo contemporáneo, en su opinión,
nos sobrecarga con su mala infinitud. “Demasiado de todo...
demasiada historia y cultura..., demasiados detalles, demasiadas
noticias, demasiado ejemplo, demasiada influencia... ¿Quién
se supone que ha de interpretarlo? ¿Yo?”.
¿Cuál es la forma de la simplificación, como
respuesta al reto de los tiempos, en su propia vida? En primer lugar,
“convertirme en lo que soy”; segundo, comprar un terreno,
casarme, sentar cabeza, dar clases, hacer carpintería casera,
y aprender a componer el coche. Como le comenta un amigo: “Te
deseo buena suerte”.
*
Dangling Man
y La víctima habían llamado la atención de
los círculos literarios sobre Bellow, pero fue Las aventuras
de Augie March, ganador del National Book Award de 1953, el libro
que lo hizo famoso. Según él mismo cuenta, se la pasó
muy bien escribiéndolo, y en los primeros cientos de páginas
su entusiasmo creativo es contagioso. El lector disfruta enormemente
con la prosa atrevida, rápida y graciosa, la facilidad informal
con la que se escribe un mot juste tras otro (“Karas, con
un traje cruzado de piel de tiburón y presentando el aspecto
de tener dificultades con el afeitado y el peinado sobresalía
terriblemente”). Desde Mark Twain, ningún escritor
norteamericano había manejado lo popular con tal brío.
El libro se ganó a los lectores por su variedad, su incansable
energía, su impaciencia con las conveniencias. Sobre todo,
parecía decir un gran ¡Sí! a Estados Unidos.
Ahora, visto en retrospectiva, se puede considerar que ese ¡Sí!
tuvo un precio. Las aventuras de Augie March se presenta, en cierto
sentido, como la historia de la futura madurez de la generación
de Bellow. Pero, ¿en qué medida Augie es representante
de esa generación? Se relaciona con estudiantes de izquierda,
lee a Nietzsche y a Marx, trabaja como organizador sindical, hasta
se plantea trabajar de guardaespaldas de Trotski en México,
pero la imagen más amplia del mundo apenas se registra en
su conciencia. Cuando llega la guerra, se queda estupefacto. “¡Pum!
Estalló la guerra... Perdí el piso, odiaba al enemigo,
y me faltó tiempo para ir a luchar”. ¿En qué
momento su ensimismamiento en el aquí y ahora se ha convertido
en estupidez? ¿En qué medida ha tenido Bellow que
idiotizarlo para convertirlo en un verdadero héroe?
El compendio publicado por The Library of America incluye quince
páginas de notas escritas por James Wood. Estas notas son
especialmente útiles en el caso de Las aventuras de Augie
March, donde se esparcen nombres y alusiones como confeti. Wood
concreta muchas referencias de refilón que hace Augie, pero
otras muchas quedan fuera. ¿A quién, por ejemplo,
sentaron sus llorosas hermanas en un caballo para que fuera a estudiar
griego a Bogotá? ¿Qué embajador de qué
país esparció laca en las tuberías de agua
de Lima para frenar el óxido?
Coetzee. Recibió
el Premio Nobel en 2003. Su obra ha sido editada
por el sello Mondadori.
Traducción
de Juan Manuel Gómez
© J. M.
Coetzee, 2004
Todos los derechos reservados. Bellow’s Gift apareció
originalmente en The New York Review of Books, el 27 de mayo de
2004.
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor de Mauleón,
Director / Laura Emilia Pacheco y Juan Manuel Gómez,Editores.
Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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