|
PROBABLEMENTE nadie como Evo Morales llegó a representar un dolor de cabeza tan grande para dos de los mandatarios bolivianos que le antecedieron: Gonzalo Sánchez de Lozada, derrocado en 2003, y Carlos Mesa, forzado a renunciar en 2005, para ser sustituido por el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Eduardo Rodríguez. Nacido 45 años atrás en el seno de una familia aimara, Morales empezó tempranamente su carrera sindicalista, convirtiéndose a los 32 en líder de la Central Obrera de Cochabamba, presidente del Consejo Andino de Productores de Coca dos años después y cabeza de la Confederación de Productores de Coca del Trópico Cochabambino y portavoz de los productores de coca, al siguiente. En 1997 fue elegido diputado nacional por Izquierda Unida (IU), adelantando entonces que con su triunfo se iniciaba "la lucha por los recursos naturales" y llamando a los movimientos sociales y políticos de Latinoamérica a reconstruir "la patria grande" imaginada por Bolívar. Años más tarde, decepcionado de la IU, fundaría el MAS (Movimiento Al Socialismo), organizaría marchas de cocaleros a La Paz, y emprendería tres fuertes bloqueos campesinos en el Chapare. La "guerra del agua" en abril de 2000, que concluyó con la expulsión de Cochabamba de la transnacional Aguas del Tunari, fue vista como la primera gran victoria de las fuerzas antiglobalización contra el modelo neoliberal. A inicios de 2002, por unos enfrentamientos entre militares y cocaleros en la provincia Sacaba (en Cochabamba), el Congreso lo acusaría de incitar a la violencia, desaforándolo. En agosto de 2005, el MAS aprobaría por unanimidad su candidatura presidencial, y el 18 de diciembre Evo Morales resultaría ganador absoluto de las elecciones generales, ascendiendo a la presidencia boliviana el pasado 22 de enero. Con ese acto culminó la lucha que Morales habría iniciado hace un cuarto de siglo buscando llamar la atención sobre la extrema pobreza de los campesinos bolivianos, la falta de cultivos alternativos a la coca verdaderamente rentables, y el rescate de los usos y costumbres de los indígenas bolivianos, particularmente su hábito de masticar la hoja. Ya presidente, Morales ha vuelto al tema de los recursos naturales, particularmente el gas natural. Recuérdese que fue justamente el plan de Sánchez de Lozada, de exportar este hidrocarburo a la costa oeste de Estados Unidos vía Chile, lo que propició el encono del líder Evo y el derrocamiento del presidente. Hoy, el incremento de los gravámenes de 18% a 50% a la producción de gas por empresas extranjeras y las frecuentes declaraciones de Morales acerca de su nacionalización, lo confrontan necesariamente a los inversionistas que amenazan con llevarlo a tribunales. Así, el novel presidente deberá optar entre cumplirle a su gente, que equipara nacionalización con mayor acceso a los dineros del país, o asegurar niveles crecientes de inversión garantizando el respeto a los contratos y la seguridad jurídica. En ese sentido, Bolivia no está sola. En los últimos tiempos Sudamérica ha presenciado el surgimiento de "líderes de izquierda", de corte mesiánico y populista que favorecen este tipo de medidas nacionalistas. Aunque éste no es el caso de todos los "líderes vanguardistas", algunos expertos sostienen que este "viraje hacia la izquierda" obedece a que "EU no estaba mirando" a la región, enfrascado en su lucha antiterrorista y en el Oriente Medio. Los mismos expertos llaman la atención acerca de lo que podría pasar en México si ganara el "populista" López Obrador. Lo que vale la pena destacar es lo que de común tienen este candidato y los mandatarios latinoamericanos tildados de "mesiánicos": un lenguaje que pretende darles la paternidad exclusiva de la lucha contra la pobreza, cuando sería una locura que otros aspirantes y otros presidentes no pregonaran lo mismo en el continente con la peor distribución del ingreso. Acabar con la pobreza en un imperativo. "Acabar con los ricos", una frase que privilegia López Obrador, es demagógico. Recuérdese si no la anécdota según la cual, al término de la "revolución de los claveles" que puso fin a la dictadura de Salazar, una delegación fue a ver a Olof Palme, para decirle "Ahora sí primer ministro, en Portugal vamos a acabar con los ricos". Palme contestó con ironía: "Curioso planteamiento, nosotros en Suecia llevamos años tratando de acabar con los pobres". De lo que se trata es de moderar lenguaje y promesas, concretando acciones que corrijan rumbo. Los ajustes macroeconómicos de los 90 castigaron a los vulnerables. Hoy urge restituirles su derecho a una vida digna, asumiendo el costo del "autismo estatal" y gobernando para todos. Que no se repita la falta de imaginación y de auténtica vocación de gobierno, ni se cancele el futuro de otro sector poblacional. La verdadera justicia social radica en la inclusión, no en la exclusión. Secretaria general del CEN-PRI
|