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| Ludwik Margules en tres actos |
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Juan Solís
El Universal Jueves 09 de marzo de 2006 |
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1. El rigor Verano de 2004. En la cafetería del Centro Cultural del Bosque, el maestro Ludwik Margules, de pantalón de pana, boina y bastón, charla mientras bebe un capuchino descafeinado. La cita se da una vez terminado el ensayo de la que sería su última puesta Noche de reyes o como quieran, de William Shakespeare. "Lo que más recuerdo de Polonia es la guerra, y la universidad después de la guerra. Amigos, familiares y el gran teatro que hay. Es uno de los mejores teatros que se hacen en el mundo, por el nivel y por la maestría con que aborda el arte escénico. Es una tradición de por lo menos dos siglos." Ludwik Margules nació en 1933, en Varsovia, capital de Polonia, ciudad destruida durante la Segunda Guerra Mundial. "Desde luego que hay parajes en esa ciudad que evoco con frecuencia, donde he vivido, donde viven mis amigos, teatros..." A bordo de un barco llegó a México en 1957 "porque ya no aguantaba, ya me asfixiaba el sistema político. Llegamos mi padre, mi madre, mi hermano y yo. Sobreviví a todos. Luego me casé, pero murió mi esposa. ¿Qué más le puedo decir?" En 1959 inició sus estudios de teatro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. En 1961 dirigió su primera obra, El gran camino, de Antón Chejov. Fue director del Centro Universitario de Teatro y protagonista de la época más brillante del teatro universitario, que se extendió a la década de los 70 con directores como Luis de Tavira, José Luis Ibáñez, Juan Ibáñez, Juan José Gurrola y Julio Castillo. Ayer, en entrevista, Gurrola evocó a Margules: "Es una piedra angular del teatro mexicano en dos siglos, un gran maestro, un luchador incansable que nunca perdió de vista la legitimidad del teatro y aborreció las propuestas comerciales con verdadera furia." Entre los montajes más famosos de Margules se encuentra La trágica historia del doctor Fausto, de Christopher Marlowe; Ricardo III, de William Shakespeare; El tío Vania, de Chejov, y La vida de las marionetas, de Ingmar Bergman. También incursionó en el cine, como actor y director. De sus puestas, prefería Lulú, La vida de las marionetas y Los justos: "Esto quizá se deba a la evolución, a empezar a ver la ficción teatral con más rigor, acaso, con más imaginación, y a la eliminación de todo lo que es ornamento." El maestro se decía convencido de que el director teatral debe ser un poeta "porque la dirección es un hecho poético". -¿Su premisa es la transgresión? -Desde luego, pero ante todo es llegar a lo esencial, a la eliminación de lo superfluo. 2. La leyenda Primavera de 2005. En la penumbra del teatro El Galeón, el maestro Margules afirma, mientras masca chicle: "Siento que no pasé más allá del folclor anecdótico, esa es mi voz autocrítica." Es la presentación del libro Memorias. Ludwik Margules. Conversaciones con Rodolfo Obregón. Lo acompañan en la mesa su hija Lydia Margules, Angelina Muñiz-Huberman, Rubén Ortiz y Rodolfo Obregón. En las butacas se distribuyen amigos y curiosos. Lydia dice que de su padre "sólo se puede hablar desde una víscera conflictuada". Ortiz, su alumno, lo califica como "el campeón del odio al folclor personal". Su amiga Muñiz-Huberman lo define como un ser en perpetuo movimiento que "se alimenta de los tormentos y las tormentas". En el ambiente surgen las anécdotas, la leyenda negra del director riguroso. Entre los presentes, el dramaturgo Jaime Chabaud también lo evocó ayer: "Quiero recordar al Gordo por su sentido del humor cáustico. Dicen que los chistes sobre Margules en realidad son anécdotas. Cuando estaba enloqueciendo al actor Gerardo Moscoso en un montaje, ya estaba tan hasta la madre de Ludwik que lo esperó a la salida del teatro y le chocó el carro. Se baja entonces Margules del carro y le dice: ¿Ves? Esto es lo que yo quería." 3. El Foro Verano de 2005. En la oficina de Ludwik Margules en el Foro de Teatro Contemporáneo, se encuentra su hija Lydia, egresada de la institución y encargada de la misma desde noviembre de 2004 hasta el 27 de agosto de 2005, fecha en que cerró el espacio. "La razón de fondo (del cierre) es la enfermedad de mi padre -confiesa Lydia-. Él era el que sostenía y le daba vida a este lugar, sicológica, intelectual, teatral y visceralmente, para bien y para mal." Lydia contó entonces que en el momento en que el cáncer que padecía el maestro polaco se agravó, suspendió sus actividades en el foro, incluyendo los cursos que en gran medida sostenían económicamente al espacio fundado en 1991. El Foro era un recinto que a decir de su creador recuperaba la mejor tradición del teatro mexicano, resistía los embates económicos y constituía un vaso comunicante con el teatro universal en lo que se refiere a metodología, repertorio y formas de enseñanza. "Este lugar sin mi padre no tiene sentido -aseguraba Lydia-. Hay una relación directa entre la enfermedad de mi padre y que este lugar se esté acabando." "Él ya sabe que se cierra. Lo tomó con tristeza, pero desde muy lejos, digámoslo así."
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