cultura@eluniversal.com.mxBUENOS AIRES.— Una joya arquitectónica alberga a la librería más grande de Sudamérica. Ese edificio que todos, locales y extranjeros, admiran, tuvo un destino mejor que millones de Cinema Paradisos desparramados por el mundo.
Fue de los pocos que no sucumbió ante alguno de los tantos huracanes de “modernidad” que arrasaron con salas de teatro y de cine. Siguió albergando arte y conservando su belleza de origen por la que hoy es reconocido en el mundo.
El bello local que es sede de la librería Gran Splendid Ateneo, de Buenos Aires, es dueño de una rica historia y de un patrimonio arquitectónico por lo que ya se lo considera entre las 10 más bonitas del mundo. Aún cuando los vientos del mercado torcieron su destino ahí está: de pie, remozado de tal forma que su estructura fue respetada en un 100% y con un glamour que fue cosechando a lo largo de los años desde su construcción en 1919, en pleno barrio Norte. En la frontera exacta con la Recoleta. Esa zona que por entonces se conocía como El Saint Germain Porteño.
El Ateneo del Saint Germain de la imaginación febril de algún porteño poco tiene que ver con, por ejemplo, la librería más famosa del Saint Germain original: Shakespeare & Company, en la muy parisina Rue de la Bocuherie sobre el Sena.
Si de buscar comparaciones se trata, ésta se asemeja más a una sucursal europea del FNAC. Son sus frescos conservados, sus molduras centenarias soberbiamente relucientes y su impresionante cúpula pintada bajo los conceptos del manierismo, por el italiano Nazareno Orlandi —quien dejó su sello en una alegoría a la paz durante la Primera Guerra Mundial— los que captan la atención inmediata de las casi 3 mil personas que la visitan cada día.
La vida se representa en el escenario
Los libros, los CD y los DVD lo ocupan todo. Lo que hasta 1999 fue la boletería, el bar, el acceso y el espacio del acomodador, y la sala de proyección de lo que había sido el cine y teatro Grand Splendid, los palcos y lo que era el “gallinero” (en el cuarto piso), hoy esos espacios están ocupados de literatura, historia, ciencia, biografías, decoración, diseño, cocina y los infaltables de autoayuda. Los que justamente se ganaron el calificativo de infaltables porque son los que más se venden de esos 700 mil volúmenes que de allí salen anualmente desde el año 2000 cuando se reabrió como librería.
En el foso y el escenario, donde cantó Carlos Gardel, danzó la cubana Alicia Alonso y la actriz española Lola Membrives comenzó a cautivar a los argentinos, ahora cientos de comensales y tertuliantes actúan la vida a diario en el café La Imprenta, donde se puede hacer casi todo lo que alguna vez hicieron los actores sobre esas tablas. Hasta las escenas más amorosas, menos fumar habanos.
“¡Habráse visto, librería! El mercado está peleado con la bohemia, hermano.. Acá no dejan fumar habanos y tampoco beber alcohol, es sólo cafetería. La trilogía perfecta es leer, fumar y beber algo que anime, pero acá no....”; se queja un octogenario y compulsivo lector viejo cliente del Ateneo de Florida, allí donde a mediados del siglo XX anidaban los bocetos de varios personajes de Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges.
A estos casi 2 mil 300 metros cuadrados de belleza arquitectónica, esos dos grandes amigos y socios literarios llegaron alguna vez a pie. Porque a pie cruzaban la frontera (avenida Santa Fe) desde el hogar recoleto del autor de Diario de la Guerra del Cerdo para disfrutar de Rita Hayworth y Tyrone Power, en Sangre y arena, aún cuando ellos con Vicente Blasco Ibáñez y la tradición española poco y nada y en las épocas del “poco” era para desatar una guerra dialéctica. Tal vez allí acudieron a alguna otra gala pero sin imaginar jamás que nuevos y viejos lectores llegarían ahí, a la que hoy se considera no sólo la librería más grande de Sudamérica, sino también la más bonita, al encuentro con sus obras.
Fue en enero último en el que el periódico británico The Guardian la designó como la segunda librería más bonita del mundo, después de la Boekhandel Selexyz Dominicanen, en Maastricht (Holanda) y un puesto por delante de la Livraria Lello, en Porto (Portugal), abierta en 1881.
Todo una historia
El edificio del Gran Splendid fue construido por los arquitectos catalanes, Rafael Peró y Manuel Torres Armengol. Tenía espacio para 500 butacas y cuatro hileras de palco y el techo corredizo para los tórridos veranos.
La sala había sido concebida por el inmigrante austriaco Max Glucksman.
Su arquitectura es ecléctica. La fachada posee una marquesina de estilo griego con cariátides que sostienen los balcones en granito gris. Un trabajo del escultor Troiani, que el arquitecto Fernando Masone, responsable de su refacción y puesta en valor en el año 2000 —cuando la adquirió el Grupo Ilhsa (Dueños de El Ateneo, Yenny y Temática.com)—, se esmeró en salvaguardar. A excepción de las escaleras mecánicas que llevan desde la planta baja hacia el subsuelo y algunos otros detalles, la estructura original está intacta.
En aquel fin de siglo, en que le dio paso a la librería, ya no funcionaba como teatro. Cuando cerró sus puertas no fueron pocos los que lo lloraron y aún lo lamentan. Liliana Ditto, de 67 años, recuerda que su padre fue durante años el acomodador del Gran Splendid. “A veces vengo a recordar mientras leo o compro, pero me sigue dando pena que no sea el cine al que mi padre me traía de niña. Aunque debo agradecer que esta en pie”. El cine y el teatro en esta etapa del siempre bello Gran Splendid está salvaguardado en miles de volúmenes y DVD ahí en los palcos y las plateas... ¡Perdón!... En los estantes.