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México D.F., a 5 de septiembre de 2008 | 9:05 AM

Juan Domingo Argüelles
Galaxia editorial
05 de septiembre de 2008
La creación literaria sin fulgor

Las famosas vanguardias literarias pueden convertirse muy pronto en un anacronismo, sobre todo cuando son los “vanguardistas” los que creen que hacen la vanguardia

Los movimientos artísticos y literarios de vanguardia dejaron de moverse hace muchísimo tiempo y, sin embargo, hay quienes, varias décadas después, aún no se han enterado. En una entrevista reciente que distribuyó la agencia de noticias DPA, el destacado poeta chileno Gonzalo Rojas (1917), uno de los más grandes poetas vivos de nuestro idioma, lamentó que la palabra haya perdido su fulgor y que la literatura iberoamericana actual naufrague y agonice en manos de autores que cayeron en “la trampa pavorosa de la figuración”.

En medio de estas apariencias o simulacros de la grandeza literaria, Gonzalo Rojas considera que hay autores que están absolutamente sobrevalorados por la publicidad de las empresas editoriales (y entre ellos incluye a su compatriota Roberto Bolaño). Añade que, en nuestra literatura del último siglo, es muy poco lo realmente deslumbrante después del gran genio de Rubén Darío (Rulfo, Paz, Carpentier, Vargas Llosa y algunos pocos más), y advierte que las vanguardias, al igual que las modas, han muerto sin dejar mayor fulgor a la creación literaria, cuya imposibilidad de trascendencia se debe a un mundo que vive “rendido a las apariencias”.

A sus 91 años, Gonzalo Rojas habla claro para que se escuche bien. Hay quienes piensan que las vanguardias todavía viven y que ellos son vanguardistas únicamente porque aran en el rebuscamiento de la palabra sin fulgor, inextricable e ininteligible, al modo de hace un siglo.

Esto nos recuerda a aquellos soldados japoneses de la II Guerra Mundial que vivieron en la jungla de la isla de Guam, en el Pacífico, a lo largo de casi tres décadas después de la rendición de Japón y que nunca se enteraron de que la guerra había terminado: ellos seguían en tácticas y estrategias para esconderse y huir del enemigo, en espera de nuevas órdenes de sus superiores.

Las famosas vanguardias literarias pueden convertirse perfectamente, y muy pronto, en un anacronismo, sobre todo cuando son los propios “vanguardistas” los que creen que están haciendo “deliberadamente” la vanguardia. En sus lúcidos Ensayos utópicos, Paul Goodman advierte que “un artista no sabe que pertenece a la vanguardia”, pues sólo ha de decirlo o de saberlo a través de la reacción de su auditorio. “La obra artística —dice, con certeza, Goodman— se sitúa siempre por encima de lo que podemos controlar y las cosas no giran nunca tal como las habíamos pensado”. Es obvio que Kafka no se propuso ser kafkiano. No tenía alternativa: irremisiblemente era kafkiano. Es como proponerse ser “moderno”. ¿Quién no lo es?

Jorge Luis Borges escribió: “Hacia 1905, Hermann Bahr decidió: El único deber, ser moderno. Veintitantos años después, yo me impuse también esa obligación del todo superflua. Ser moderno es ser contemporáneo, ser actual; todos fatalmente lo somos”. En 1969, al referirse al muchacho que había sido y que publicó, en 1923, el libro de poemas Fervor de Buenos Aires, influido por una moda “vanguardista” llamada ultraísmo, Borges confesó descreer de las escuelas literarias y de sus dogmas y concluyó: “Como los de 1969, los jóvenes de 1923 eran tímidos.

Temerosos de una íntima pobreza, trataban como ahora, de escamotearla bajo inocentes novedades ruidosas”. A esas inocentes novedades ruidosas se refirió precisamente Gonzalo Rojas: esas vanguardias que son válidas y legítimas en tanto enfermedades juveniles que desaparecen en el curso de las edades para inmunizar a los autores ya maduros (maduros, independientemente de su calidad). El fulgor de la palabra de Darío sigue iluminándonos más allá de las vanguardias.

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