IXTAPALUCA, Méx.— Sus castillos de ilusiones se derrumbaron como en la arena. Le apostaron a un futuro mejor pero la realidad los regresó a un pasado más cruel.La familia de Gloria Valencia es una de las más de 145 mil que han arribado al estado de México en los últimos tres años. Adquirió una vivienda en la unidad habitacional San Buenaventura, la más grande de América Latina, y pronto se dio cuenta de que la vida no era color de rosa como se la pintó la inmobiliaria que le vendió su nueva morada.
La vida rosa prometida se ha tornado negra en ocasiones, o hasta en tonos grisáceos. De lo primero que se dio cuenta es de que la casa por la que pagará más de 320 mil pesos, no fue construida con materiales de calidad.
Dejó su estancia en la colonia Picos de Iztacalco, en el DF, pensando que estaría mejor en este suburbio del oriente mexiquense. Se equivocó.
“No hay seguridad suficiente, hay mucha delincuencia y la policía municipal casi no se para por aquí”, se quejó.
María del Carmen Morán es otra de las que no encontró lo que estaba buscando en este fraccionamiento.
Para ella las vías de comunicación son insuficientes. La mayoría de los que viven en San Buenaventura tienen que desplazarse a la ciudad de México y sólo hay dos opciones: la autopista y la carretera federal México-Puebla.
Las dos están saturadas la mayor parte del día y los tiempos de traslado para los usuarios se alargan hasta tres horas sólo para ir a su destino; durante el viaje de regreso ocurre lo mismo.
“El transporte es muy malo y muy caro”, es el único calificativo que tiene.
Los residentes del fraccionamiento San Buenaventura tienen que pagar 13 pesos de pasaje para llegar en combi al metro Puerto Áereo o 6.50 al metro Santa Martha.
Pero los que están peor que en San Buenaventura son las familias de la unidad habitacional Cuatro Vientos, ubicada también en Ixtapaluca.
A este fraccionamiento en sus inicios coloquialmente le llamaron “La ciudad de los pobres” porque las casas que se pusieron en venta estaban destinadas para obreros, taxistas, policías y comerciantes informales.
Los servicios básicos que tienen los que viven ahí son para pobres, cuenta Marlene Hernández.