Puerto Rico es famoso por los cantantes que exporta al mundo y
por sus ciudades con historias de piratas, pero en realidad poco se
conoce sobre su actividad en materia de carnavales, una vida paralela,
sin mucho ruido a diferencia de Trinidad o Barranquilla, pero con mucho
carisma.
El carnaval más antiguo de la isla es el de Ponce donde los
personajes que se llevan las palmas son los "vejigantes", aquellos que
en la tradición representan el mal y al demonio.
Con más de 140 años de existencia, el clímax del carnaval es el
desfile de carrozas con los personajes principales de la fiesta: reyes
y princesas.
La danza y el baile se adapta a la música de moda. En esta ocasión el
reggaetón es el rey (no sé si esto sea afortunado o una desgracia),
pero no se olvidan las tradiciones así que los ritmos africanos y sus
híbridos permanecerán hasta que el carnaval se apague.
Uno de los mejores momentos es el denominado "el entierro de la
sardina", la fiesta donde todos bailan, y cuando se dice "todos" es
¡todos! porque está penado no acudir al llamado del movimiento por lo
que hombres, mujeres y niños danzan hasta la medianoche en los
alrededores de la Plaza Delicias en el corazón de la alegría ponceña.
Aunque todo es fiesta esa tradición en realidad tiene su lado
oscuro, pues se trata de un comportamiento que ha cambiado con los
años, producto de la tradición oral que trata de observar cómo muere la
sardina.
La procesión inicia en la alcaldía donde los preparativos se organizan
desde una semana antes y culmina en la avenida Las Américas, un
recorrido que dura una hora aproximadamente, pero no por tratarse de
una gran distancia sino por el tiempo que se gasta en exceso a casa
paso dado entre música y comparsas.
Como buen carnaval, el de Ponce culmina el martes previo al Miércoles de Ceniza.
Para ese momento todo terminó: la coronación, el baile de
máscaras y todas las fusiones musicales que vibran como los tambores
que se mueven entre las calles y las playas llenas de gente con una
sonrisa en la cara. Esa no es una máscara.