"Si el mundo tuviera extremos sería entonces ciertamente este
lugar uno de ellos. No está en el paso a ningún lado. No tiene ningún
valor estratégico. Es cualquier cosa menos habitable", escribió Aldous
Huxley en 1934, Belice, en ese entonces conocido la Honduras Británica.
Casi 75 años después, este sitio aún se siente remoto. Es un
país con la misma extención territorial que el estado de Hidalgo, sus
calles están en malas condiciones. La carretera tiene sólo dos carriles
y en muchos lugares ni siquiera está pavimentada.
Las playas casi vírgenes de Belice se están llenando de turistas por
una buena razón. El país tiene el arrecife de coral más grande del
hemisferio occidental, el cual está alineado con cientos de hermosas
islas y cayos. El buceo y el snorkel son de los mejores del mundo.
Pero hay un Belice diferente que nosotros -mi esposa, mis hijos y yo-
nos propusimos encontrar. Uno con selvas tropicales, ruinas mayas,
pequeños poblados, una vida salvaje y cuevas subterranes explorables
sólo en canoa. Parques y áreas federales constituyen casi la mitad de
sus 23 mil kilómetros cuadrados. Uno literalmente puede perderse el un
buen y mal sentido.
Sólo unos kilómetros afuera de la ciudad de Belice, nos damos cuenta
que estamos en medio de la nada, o muy cerca de ello. El paisaje
rápidamente se convierte en un verde intenso, salpícado por algunas
chozas y fogatas. Ni siquiera el radio logra encontrar alguna sintonía.
Ian Anderson’s Caves Branch está a unas horas en coche de la ciudad de
Belice, en una adorable carretera perfectamente llamada la "Carretera
Colibrí". Legamos a media tarde, y nuestra primera impresión
francamente no es la mejor. Este lugar es desértico y caluroso y por la
temporada de sequía, el río que serpentea la propiedad ha desaparecido.
Nuestra necesidad de refrescarnos, nos lleva a un descubrimiento
milagroso. Más o menos a una milla de nuestro hotel, un caminito lleva
a un cenote, conocido como el "Hoyo Azul". Es probablemente uno de los
lugares más bonitos que he visto, un agujero para nadar color turquesa
rodeado de una espesa jungla.
Las comidas son comunitarias, y los cuartos van de chozas a lujosas
suites en los árboles, los cuales están situados en una colina, y un
árbol se encuentra en el centro. Elegimos la casa del árbol, mis hijos
y yo queríamos presumir nuestra experiencia.
Las opciones para explorar, son numerosasa, los guías nos
explican por la tarde que hay caminatas por la selva y viajes a las
ruinas mayas, kayak y rapel.
Optamos por un tour a una cueva subterránea y pasamos el día en ductos
internos, paseando por aguas obscuras y frescas que parecen recorres
kilómetros y kilómetros con las linternas de mineros que llevamos. Es
una experiencia surrealista.
Ya que nos levantamos desde temprano, decidimos ir a caminar, y el rio
seco resultó un excelente sendero. Lo usamos como un camino imporvisado
que lleva a la selva, Hay muchísima vida salvaje, incluyendo unas
cacatuas con sus hermosas crestas rojas y amarillas, contrastando con
sus pechos blancos.
El atardecer, los cocteles, los niños felices y los monos salvajes que
pasean entre las copas de los árboles a sólo siete metros de distancia,
además de unos tucanes por ahi, hacen este momento inolvidable.
Hay razones por las cuales preocuparse por Belice. Gracias al
calentamiento global, algunos corales en el arrecife son blancos. Y un
reciente descubrimiento de petróleo es preocupante porque pueden
estropear la belleza de la tierra.
Belice aun se puede sentir como los lugares que describió Huxley, con encantos escondidos en cada rincón.